Escrito en Trelew, Septiembre 2026
Volvió del psiquiatra y le pidió disculpas besándole la frente.
Ella a esa altura tenía poco miedo y mucho cansancio.
En su ausencia lo vio claro como agua de deshielo. Ese invierno no había ido a esquiar y extrañaba la omnipotencia del agua que decide quedarse sólida por un rato. Lo vio sin adornos, tragando saliva amarga: “Acompañar no debería ser cargar con la herida del otro y, mucho menos, permitir ser responsabilizada por poseer el mismo género de quien la infligió.”
Podía leerse casi como manual de instrucciones: “Usted no debe…”, “Tome el recaudo…”.
Su mente aturdida volvía a ser aguda y cruel consigo misma, tratando de repararse desde el sarcasmo.
Allá afuera, el espejo hablaba de las similitudes y Freud sabrá de qué otros tantos conceptos más, pero ella, abstraída en su recién encontrada verdad, dibujaba, como siempre para procesar y anclarse. (Cuantas comas!)…
Un: – “Creo que esa oreja está más arriba” la trajo de nuevo a la escena prestada, al tiempo compartido.
Como todo, hasta ese momento, lo estaba haciendo mal.
Como todo, hasta ese momento, él podía hacerlo mejor.
Aquel beso de las disculpas regateadas se disolvió de su frente ante tan poco amable observación.
Ella sonrió -un gesto aprendido de su madre, que ante el dolor esbozaba una sonrisa para frenar el llanto, para resistir, neurociencia aplicada-.
“Sí, es a propósito. La idea es que no sea perfecto, sino que sea real”.
